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561 - Por la acera





Era un día más. Caminaba por la acera.

Siempre he sido observador. No se me escapaban los pequeños detalles. Me preocupaba mucho la alineación correcta de las baldosas y su estado de conservación, que las tapas de los diversos registros estuvieran perfectamente colocadas y orientadas en dirección al sentido de lectura de cualquier ciudadano, que partiese desde el punto centro de la ciudad, el Ayuntamiento. Había mucha información escrita en el suelo, algo que me permitía conocer someramente lo que podría encerrar. Tal vez fueran recuerdos de una niñez en la que me gustaba explorar, caminando por alcantarillas, buscando alguna luz que me llevara al exterior, subiendo alguna escalera de hierro incrustada en un angosto tubo vertical. Era emocionante aparecer en medio de alguna calle, ante el asombro de los viandantes… pero creo que esa ya es otra historia distinta a la que ahora me ocupa.

Las tapas de los registros, en general, eran casi todas de hierro. Podría clasificarlas en dos familias, sin esquinas y con esquinas. De las primeras, abundaban más las circulares que las ovoides, o falsos ovoides. En cuanto a las otras, dominaban las rectangulares sobre las cuadradas.  Si de bajorrelieves se tratara, y eran necesarios para evitar resbalones, las de cemento no los necesitaban, por su textura rugosa, aunque tuvieran, por general, grabado el logotipo de la empresa correspondiente. Las de hierro, fundido, que no lo dije, tenían un sinfín de modelos.

Entre esos relieves, uno de ellos era el formado por pequeños tacos cuadrados emergentes, de tres centímetros de lado, con una altura de medio centímetro. Dos leyendas, con la identificación de la entidad responsable y la finalidad, se incrustaban dentro ese conjunto de pequeños tacos.

Caminaba, como siempre lo hacía, por aquella acera. Una tapa, que se ajustaba a la descripción del párrafo anterior, me llamó poderosamente la atención. No era la que debía haber sido. Que conste que ya conocía todas, como un pastor conoce a sus ovejas. Pero no, esa mañana ya no era la misma. En realidad, casi lo era si no fuera porque uno de esos pequeños tacos no era exactamente igual que en días anteriores.

No era el taco central, pero estaba situado casi en el centro geométrico. Tenía una peculiaridad que lo hacía diferente. Había aparecido en él una especie de oquedad irregular, fruto tal vez de un fuerte impacto. Un minúsculo agujero de unos 3 milímetros de diámetro cuyos bordes, muy difuminados, eran de color purpurina dorada con brillos opalescentes.

Estaba de pie pero no tardé nada en inclinarme, para cerciorarme de lo visto. Ya cerca, pude observar una cierta luminiscencia interior, rojiza. Y me acerqué más y creo que ese fue mi error. Súbitamente fui succionado por una extraña fuerza. No me lo explico, pero fui tragado por aquel diminuto agujero, o lo que hubiera dentro de él. ¿Sería algún tipo de abducción inversa, o arrebato?

No sé cuanto duró el viaje. Siempre envuelto en esa tonalidad rojiza, y envuelto en una luminosidad psicodélica, avanzaba a través de un quíntuple helicoide de tonalidades tornasoladas, similares a las producidas por la gasolina sobre agua. En algún momento me encontré en otro mundo, una réplica exacta del nuestro. Réplica, digo, muy bien lograda. Todo era… ¡plástico!. Plástico, aclaro, en su acepción de material, que no fuerza expresiva que fuerce o realce ideas o imágenes mentales que, precisamente, en ese momento me estaban… saturando. También empleo la palabra plástico en sentido general, sin entrar en detalles sobre sus infinitos polímeros.

Tal vez deba precisar el párrafo anterior. A medida que me iba desenvolviendo en ese mundo pude apercibirme, con pavor, que no sólo las cosas eran de plástico, también eran de plástico las ideas, las emociones, los sentimientos. No me dio tiempo a comprobar si también lo era el amor pero, en todo caso, sería de un plástico muy ligero, evanescente.

Yo era real. Creo. Me palpé y sentí mi carne. Me palpé y sentí mi ropa. Craso error. Nunca debí haberlo hecho. Al palparme sentí un bulto en un bolsillo de mi chaqueta. Ese día llevaba una chaqueta gris con coderas del mismo tono. Lo recuerdo dado que casi nunca uso chaquetas, de hecho era la primera vez que la usaba en la última docena o veintena de años.

No fumo pero, extrañamente, encontré en ese bolsillo una aplastada cajetilla de cigarrillos Camel, sin filtro, con un reluciente mechero Ronson. No sé  por qué lo hice, no pude resistir el impulso, pero saqué un cigarrillo y encendí el mechero.

Fue un flash instantáneo. Todo aquel mundo se incendió y se vaporizó… y creo que yo con él. La cuestión es que ahora mismo estoy muy preocupado. No sé desde donde estoy escribiendo.

Por cierto ¿quién habrá metido el Camel y el Ronson en mi bolsillo? Sí que recuerdo que me había tomado una cerveza con Carlota. Ella si fuma. ¿O debo decir fumaba?




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561·CR177·130308 · Por la acera ©2013  
712120605-Lanzarote-Registros-022-w ©2012
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